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dissabte, 29 de novembre del 2014

El Espíritu de la Colmena (Antonio Roig Roselló)

Si una tarde cualquiera tienes la ocasión de asistir a una buena película, escuchar a alguien que está en el secreto de cada fotograma y encontrar a un grupo de gente amistosa, esta tarde se convierte en un lujo a tu alcance que vale la pena no dejar pasar. Así que: ¡Gracias, Pepe Herráiz!


Referirse a El Espíritu de la Colmena como una "buena película" es mostrarse cicatero en el elogio. Algo más ajustado estoy cuando escribo que "José María Monzó conoce el secreto de cada fotograma". Sólo añadiré que irradia cine hasta cuando te escucha para valorar tu propuesta. En lo de "gente amistosa" que saludé antes y después de esa sesión me quedo casi tan corto como cuando califico de "buena película" lo que sin duda es una obra magistral.

El tiempo, suele decirse, lo pone a todo en su sitio (¡cuidado con la frase!). Pues bien, en la presentación de la película se señaló que han transcurrido 40 ó 41 años desde su estreno. Parecerá poco, pero no lo es. Cuarenta años es tiempo más que suficiente para juzgar una película. El cine se ha desarrollado a pasos vertiginosos. Considerando que, desde 1895 con "La salida de los obreros de la fábrica" (Louis Lumière) hasta "El Espíritu de la Colmena" ((1973) han pasado menos de 80 años convendremos que el tiempo transcurrido nos permite valorar la película en su dimensión objetiva. Pues bien, el tiempo no ha pasado por ella. Es más: la película (lo mismo ocurre con los buenos libros) ha ganado con el paso de los años. 

Un detalle quiero señalar y que apunta directamente al título de la película de Erice. En 1951 Cela publicó una novela que dio en llamar "La Colmena", un retrato amargo sobre el Madrid de la posguerra. En la novela pululan -según el cómputo del propio Cela- 160 personajes que buscan la supervivencia. No todos lo consiguen. En la película, Víctor 
Erice sitúa su Colmena en 1940 y lo mismo que las abejas liban su miel, Erice muestra a sus personajes libando sus pensamientos, o sea: urdiendo las claves de su supervivencia. 

En una escena que hace aflorar la sonrisa en medio de tanta desolación vemos una escuela de la época y a una maestra que no podemos menos de amar porque está encarnada por la entrañable Laly Soldevila. Ana, la niña que nos encandila por su mirada insólita, es asignada por esa maestra para ponerle los ojos a "Don José", el figurín cuya anatomía va a reconstruirse en clase. Cuando Ana pone los ojos a "Don José" impone su propia mirada sobre el mundo que la rodea. El espectador se ve abocado a mirar el mundo con los ojos de Ana . 



En ese mundo de Ana, comprimido y descarnado, todos están en otra parte. 

Fernando, el padre, medita en su despacho pero cuando escuchamos su meditación no son sus pensamientos lo que escuchamos sino las voces de la película "El Monstruo Frank Stein" que se está proyectando en un barracón del pueblo, (voces que, por otra parte, sólo mediante la lógica milagrosa del cine podemos escuchar). 

Teresa, la madre, vive pendiente de un amor al que envía cartas, cartas que deposita en un tren que se estaciona lo justo para permitir ese menester. Se demora sobre el andén y el desamparo de los años 40 aflora en el cruce de miradas con el soldado que la mira a través de la ventanilla del tren. 

Las niñas viven en su mundo infantil poblado de demandas como corresponde a la infancia. Ana quiere saber por qué Frank Stein mata a la niña que le regala flores. Silencio. Y de nuevo: ¿Por qué? La insistencia en la misma pregunta señala la urgencia con que es requerida la respuesta. Luego otra demanda: ¿Por qué los aldeanos matan a Frank Stein? Su hermana dice saberlo pero no va a decírselo ahora que bebe de la misma fuente de Ana (en aquellos tiempos de magia, en los 40, la gente iba al cine como el sediento va a beber a un manantial, no como ahora que se va al cine a comer palomitas: es lo que distingue el cine de antes del de ahora). 

Así que por la noche Ana formula su doble pregunta a Isabel, su hermana mayor, que antes aseguraba estar en el secreto y que ahora sólo quiere dormir. Pero Ana no permitirá que su hermana se duerma hasta que le explique ese dato de la película que se le escapa y que no es otro que por qué existe el Mal. Por qué alguien que recibe flores de una niña puede ignorar esas flores y llegar a matar a esa niña. 

 ¿Por qué el monstruo mata a la chica
y por qué mataron al monstruo en el final?


Isabel se escuda tras sus ganas de dormir y no quiere responder a Ana, pero Ana es terca y no sólo no desiste sino que lleva más allá su interrogatorio. 

-¿Por qué los aldeanos matan a Frank Stein? - urge. 

Isabel podría hacer trampas y ampararse tras una etiqueta. Decir que Frank Stein es un Monstruo que tiene el cerebro de un asesino, cerebro que le asignó un doctor perverso y que lo hace malo por naturaleza, intrínsecamente depravado, dirían los libros: como esas setas que su padre aplasta bajo sus botas porque son indignas de florecer. 

-Hay setas buenas -explica el Señor de la Colmena- y setas malas. La química de unas las hace beneficiosas para el consumo, letales en el caso de las otras. Y en caso de duda tampoco hay que comerlas-advierte previsor. El Propietario de la Colmena no soporta la ambigüedad. 

Isabel, en vez de esa repuesta de adultos prefiere compartir con Ana su secreto de niña. Dice pues: lo que ocurre en el cine es ficción de principio a fin. En el cine nunca se muere. Te lo hacen ver, pero no es real. La muerte de Frank Stein es como la muerte que ella misma ha fingido en un juego con Ana. Frank Stein, pues, no ha muerto. Tampoco los que desaparecen terminan por irse: quedan a disposición de los que quedan. Sólo con llamarlos acuden. 

Los llamas y vienen -dice Isabel.

Y aún más:
-Si eres su amiga podrás hablar con él cuando quieras.

Ana siente resquebrajarse esa convicción cuando comprueba la muerte del maquis que saltó del tren y cuyas heridas sangrantes ha curado en la casa de sus escapadas. Aun así, convaleciente y todo de su enfermedad y todavía febril, se levanta de la cama y cara a la noche invoca al Espíritu de la Colmena.

-Soy Ana -murmura.

Cruzando la meseta se escucha el silbido de un tren.

Antonio Roig Roselló

                    Valencia, miércoles 26 de noviembre de 2014

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