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diumenge, 4 de gener del 2026

T R Í P T I C O   C A R M E L I T A

Nada, nada, nada, nada, nada, nada
y en el monte nada.
(San Juan de la Cruz,
Senda del espíritu de perfección).

I

L a P u e r t a

Aunque es de noche.
(San Juan de la Cruz, Cantar del alma).




Debería ser cauto y no escribirlo, prudente y no contarlo. Sin embargo, es tal el asombro que siento, tal el temor causado por la nueva situación que no puedo dejar de mencionarlo. (Hoy seré breve y sólo dejaré constancia. Seré, a pesar de los indicios, cauteloso. Debo dejar pasar el tiempo y esperar a que el futuro lo confirme).

La nueva situación, he escrito antes. Pero debo añadir que, si siento tal premura y entusiasmo, es porque la experiencia alcanzada va más allá de lo puramente coyuntural. Es como si el esfuerzo y agotamiento de una vida entera, aquello por lo que he estado suspirando, se hubiera cumplido. De repente, la meta. De repente, la libertad. Respirar. Florecer. He llegado a mi destino. He llegado, sin más y sin saber que llegaba.

 

 Mi vida anterior era eso: subir una escalera y avanzar hasta una Puerta que debo traspasar porque es la Puerta que me permite acceder a mi hogar y encontrar el descanso, el reposo del corazón. Introducir la llave en la cerradura. Dar la vuelta al mecanismo y tropezar, en el intento, con un tope. El tope se presenta insignificante como una impertinencia  y sólido como una muralla. Volver a empezar. Insistir. De nuevo, el obstáculo. Desaliento. Frustración. Nunca conseguiré abrir la Puerta ya que la llave, al parecer, no se corresponde con la cerradura. Siempre el tope. Siempre la evidencia de que la llave que uso no es adecuada.

 

Presentía, al hacer girar la llave y constatar el límite, que era mínimo el obstáculo que me impedía abrir la Puerta. Así y todo, el obstáculo mínimo era infinito. Porque lo mismo da conseguir que la llave gire un poco que mucho si el resultado es la parálisis. Si el esfuerzo es inútil y la Puerta se mantiene cerrada, el acceso a mi yo -mi casa- inalcanzable.

 

Y, de repente, se ha conseguido el propósito. La llave ha girado por completo sin apenas rozar ningún tope en el recorrido. Era mínimo el obstáculo, he comprobado, era infinito. Y la llave ha desentrañado el mecanismo fácilmente, casi sin notarlo. La llave, por fin, ha abierto la Puerta y estoy dentro. No sé cómo ha sido, ya digo.
Estoy asombrado. No puedo creerlo.

I I

L a c e r r a d u r a

En la noche dichosa.

(San Juan de la cruz.
       Subida del Monte Carmelo. Canción tercera).

Cuando yo me encontraba ante la Puerta hurgando en la cerradura tenía un sentimiento de desconcierto. Debería haber pensado que, puesto que la llave no abría, lo pertinente era probar con otra llave o volver sobre mis pasos y buscar en otro lado. Olvidarme, en fin, de la Puerta y llamar a otros aposentos.Y, en realidad, creo que eso es lo que he estado haciendo después de cada intento fallido: buscar refugios de supervivencia, albergues provisionales donde cobijarme. Pero la Puerta me requería ya que tras esa Puerta estaba mi hogar. Volvía, pues, al empeño de hacer girar la llave, un gesto sobrevenido. compulsivo y rutinario.

 Compulsivo y desesperado.


Y entonces me sobrevenía otro desconcierto. Sabía que el obstáculo que detenía la llave era mínimo. Pero eso, sospechar la nimiedad que detenía la llave, no me consolaba, antes bien agravaba mi desazón. Cuanto más nimio, tanto más punzante, más humillante. Porque entonces, la pequeñez del impedimento que causaba el malfuncionamiento del engranaje, me daba la medida de mi impotencia.

 

Creo que la conciencia de una tarea imposible me habría ayudado. Que tenía que conseguir el vellocino de oro, por ejemplo. Pero no, tenía que meter la llave - mi llave- y hacer girar el engranaje. Forzaba el intento hasta que el obstáculo que encontraba me producía ampollas en los dedos. El resultado me abatía. Comprobar que algo tan obvio (el obstáculo estaba en mis dedos), resultaba tan absurdo (como que yo, que me empeñaba con tanta obstinación en abrir, evitaba también abrir y acceder a mi casa).

¿A quién ir o a quién requerir para solucionar el despropósito? Mi mejor aliado -yo- era mi peor enemigo. Mi yo me llevaba hasta la Puerta y mi yo me vedaba el ingreso descomponiendo el artilugio.
Era para enloquecer.
Enloquecía, a menudo.

* * *

Tampoco me consolaba pensar que, puesto que era una simple cerradura lo que me vedaba el ingreso, el acceso a mi casa estaba asegurado.

 


Ni, para más desconcierto, me alentaba presentir que, puesto que el obstáculo que detenía el funcionamiento del engranaje era insignificante, éste cedería en cualquier momento. No. Más bien me veía como un cautivo privado de libertad (no importa si la cadena es la gravedad que mantiene a los astros fijos en su órbita, o el hilo delgado que retiene a un gorrión).

 


Debajo de la esterilla de casa -última previsión de quienes no tienen a nadie-guardaba una llave de emergencia pero también ésta se había metido por una rendija y se dejaba ver pero no arrastrar hacia mis dedos.

Con todas mis ansias (nunca eran suficientes, lo veía) metía mi mano por la rendija de la alfombrilla y alargaba las puntas de los dedos hasta casi poder palpar el artilugio que abriría la puerta.

Lo que yo no sentía al tocarla (a veces tocaba la llave y hasta creía que la acercaba. Luego, en el paroxismo del intento se me alejaba; yo la alejaba) era que tarde o temprano conseguiría la llave: ese suspirado artilugio que haría saltar en pedazos el cepo de mi pesadumbre. Pensaba, más bien, que mi vida se reduciría a consumirse en esa ridícula situación. Que era como morir de hambre cuando se está rodeado de comida por todas partes, y uno ve los alimentos, simplemente están ahí y tú tan cerca de ellos que lo único que tienes que hacer es cogerlos. Y extiendes la mano y ahora los alimentos están un poco más lejos. Alargas los dedos en un intento desesperado y los alimentos están un poco más allá, seduciéndote en cada intento y dejándose rozar por la yema más desprevenida.

  • I I I

L a l l a v e

¡Oh noche amable más que la alborada!
(San Juan de la Cruz.
Subida del Monte Carmelo. Canción quinta).

Escribí antes que, después de cada intento fallido, buscaba refugios de supervivencia. Así somos de crueles con nuestras vidas, así de mentirosos cuando creemos sincerarnos.

Porque el intento que me ponía ante la Puerta (yo no quería traspasarla, todavía no, y eso que  traspasar el umbral era lo único razonable que cabía emprender) era sólo una excusa para abandonarme a mis desenfrenos.

 

Ya podía causarme el mal sin medida después de haber afrontado el horror de la Puerta.


Y ¿cómo puedo calificar de refugios de supevivencia la destrucción sin medida a qué me entregaba? ¿Quizá porque el horror de la Puerta, sin esos sucedáneos y concesiones habría sido intolerable? Concesiones, ya lo veía, que me desagradaban, eran un aliviadero por donde me vaciaba, el sumidero por donde se escapaban esas energías que no sabía usar para romper o hacer saltar el obstáculo, no las quería usar y ahora me deshacía de ellas, las consumía todas y me reducía a debilidad extrema, me humillaba en una sima de abatimiento, maldecía sin tregua la Puerta (no la maldecía. Ni siquiera tenía el coraje y la fuerza para gritar improperios. Sólo una mirada huidiza y espantada. La mirada del náufrago que navega sobre un bote salvavidas, olvidado de cualquier rumbo, a merced de las olas, perdido, y nunca llegaré a puerto).

 

Mi destino, auguraba descreído, estaba inscrito en la rutina de la repetición y reincidencia: dar vueltas y llegar al mismo punto de partida. El final era sólo un nuevo inicio de la misma condena. Cada amanecer, iniciar de nuevo otra vuelta de tuerca. La creación con todas las estrellas y sus mundos, una immensa noria. Y yo un desgraciado nacido para la rueda, destinado y uncido eternamente a la repetición.
Sólo que, en esa repetición, algo de mí no se resignaba.

* * *

La naturaleza del impedimento que obstaculizaba el engranaje de mi mente era algo enojoso que, persistentemente, trataba de descifrar y, quizá conocer. A veces lo intuía caprichoso y aleatorio, como regido por la casualidad o arbitrariedad; y, sin embargo, otras lo experimentaba determinante como la necesidad irrevocable que siempre acaba por aplastarnos. O sea que, en el momento de manipular la llave, podría sobrevenir cualquier cosa: que la llave abriera (nunca abriría la puerta) o que se detuviera en el recorrido (siempre se detenía).

Esa sensación de ser yo un objeto imprevisible, un mecanismo desechable y roto, constituía mi infortunio. ¿Quizá una rueda diminuta del engranaje de mi mente se había soltado o estropeado? Todo funcionaba en el mecanismo de mi mente, excepto una rueda, o una diminuta pieza, o incluso menos que una pieza. Algo se había aflojado o descolgado. Un diente de la rueda habría bastado. O simplemente herrumbre o polvo. Yo, detenido ante la Puerta por una mota de polvo que me constreñía, el tope que nunca podría sobrepasar.

 

Otras veces la sensación de estar atado a un hilo me enloquecía. Si al menos hubiera sido estar atado a una cuerda, una soga, una maroma, una argolla, un conjunto de eslabones bien trabado, una cadena. Pero no, podía ser un simple hilo de costurera lo que me sujetaba. Quería volar y mis alas eran incapaces de sobrevolar más allá de un reducido espacio circular y pedestre de tan poca monta o relieve, tan insignificante que apenas se veía, una minucia, un elemento de tan poca consistencia que ni siquiera pesaba y, con todo, me pesaba. Su peso terrible me hundía como una rueda de molino colgada a mi cuello, tan fútil y, sin embargo, tan determinante que me constreñía y paralizaba mi vida como un bloque de hormigón atado a mi cuerpo.

 

Con desconcierto veía que estaba condenado a hundirme por el designio de una simple mota de polvo.
Es una desesperación infinita.
Era.

P R E D E L A

Canción de la Noche

A mi hermana María (1925-1996) 
que murió en el Camino.

Nada te turbe.
Nada te espante...
Poema de Santa Teresa de Jesús.

 



I

Descalza tu corazón, Carmelita,
para subir la montaña.
En la cima
enontrarás al Señor
que la habita.

 

I I

Él curará de tus pies
las heridas.
Y saciará al fin tu sed
de alegría.
Alegría, alegría.
Carmelita.

Post Scriptum
1.- Los textos de este Tríptico están entresacados de mi obra inédita «In Paradisum». Es en la obra mencionada donde los textos cobran su sentido completo. Aun así quiero que se conozcan ya.

 

2.- El Tríptico Carmelita es mi última aportación a Nou Nihil Obstat. Es, pues, mi despedida.

3.- Un fuerte abrazo a todos. Adiós y gracias

Antonio Roig Roselló
Cabañal, Enero 2026

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GRACIAS a ti, ANTONIO,
          por tus colaboraciones.

Nosotros mantenemos 

la PUERTA ABIERTA .

PUEDES VOLVER CUANDO QUIERAS...